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Matrimonio según Dios en un mundo de «parejas»

by ISedientos
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Tengo 26 años de matrimonio y 7 hijos. Me casé joven, sin dinero y sin nada material que ofrecer. Pero me casé con Dios. Esa frase resume algo que hoy suena casi contracultural: casarse no por cálculo, sino por convicción.

Porque la realidad que estamos viviendo en España es muy distinta a la que viví hace 26 años. En los años 80 la edad promedio para casarse era 24 años; cuando yo me casé, en el año 2000, ya había subido a 30; hoy es 36. En los años 80, con 35 millones de habitantes, se casaban cerca de 600.000 personas al año en España; hoy, con 49 millones de habitantes, no llegan a 300.000 los matrimonios — y encima se registran entre 110.000 y 120.000 divorcios cada año. Y el dato más duro de todos: en 1980, con 35 millones de habitantes, nacían más de 570.000 niños al año; hoy, con 49 millones, no se llega a 300.000 nacimientos — y más de la mitad nacen fuera del matrimonio. No es solo una estadística social — es una generación entera creciendo sobre una base que Dios nunca diseñó para sostenerla.

1. RECHAZO AL DISEÑO DE DIOS

El primer y más grave problema no es solo social, sino espiritual. El matrimonio no es una idea del hombre: es un diseño de Dios, establecido desde el principio de la creación.

«¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?» Mateo 19:4-6

El matrimonio es un pacto instituido por Dios. Cuando la sociedad decide ignorarlo y optar por la convivencia sin compromiso, no está simplemente eligiendo un estilo de vida alternativo: está rechazando el diseño original de su Creador.

2. EL COMPROMISO DE MENTIRA

Muchas personas hoy quieren los beneficios del matrimonio, pero sin el compromiso que exige. Quieren la intimidad, la convivencia, el sexo, la compañía… pero sin atarse legal ni espiritualmente. Es amor sin riesgo: estar juntos mientras las cosas vayan bien, pero con la puerta siempre abierta.

El sexo fuera del matrimonio es pecado, no porque Dios quiera negarnos algo bueno, sino porque lo diseñó para vivirse dentro del pacto matrimonial, ya que une a dos personas de una manera espiritual y emocional profunda. Es como un pegamento emocional que Dios creó para unir a un hombre y una mujer para toda la vida — cuando se usa fuera de ese contexto, se pega lo que Dios no autorizó a pegar, y eso solo genera confusión: personas que se sienten unidas a alguien que en realidad no es su idóneo, simplemente porque hay atracción física o buen trato mientras dura la relación sexual. No es casualidad que el pecado de fornicación se mencione más de 300 veces en la Biblia — es, según Pablo, un pecado que se comete contra el propio cuerpo, no solo contra otra persona.

A las parejas que llegan diciendo «pastor, no sé si casarme», suelo responderles algo directo: dejen de tener relaciones sexuales por un tiempo, y ahí van a ver con claridad si de verdad quieren casarse el uno con el otro, o si lo único que había era el pegamento.

3. LA CULTURA DEL «MIENTRAS TANTO»

Muchas parejas viven juntas «a ver qué pasa». Tratan el matrimonio como un experimento, no como un pacto.

«Cuando hagas un voto a Dios, no tardes en cumplirlo.» Eclesiastés 5:4-5

El matrimonio que Dios diseñó es un pacto para toda la vida, no un contrato temporal que se puede cancelar cuando uno se cansa. La diferencia entre pacto y contrato es precisamente esa: un contrato se rompe cuando conviene; un pacto se sostiene incluso cuando cuesta.

4. QUÉ BUSCAR EN UN CÓNYUGE

La Biblia da criterios claros para elegir con quién casarse, y ninguno de ellos empieza por la apariencia o el dinero.

«No os unáis en yugo desigual con los incrédulos.» 2 Corintios 6:14

Mi esposa tenía este prerrequisito clarísimo desde niña, mucho antes de conocerme: la persona con la que se casara tenía que amar a Dios. Cuando nos conocimos, yo llevaba toda la vida en colegios de curas, había sido monaguillo, pero en la universidad me había vuelto incrédulo. Ella insistió varias veces en invitarme a una reunión, hasta que un día aburrido acepté ir. Apenas nos conocíamos de tres semanas. Esa noche vi a los hermanos leyendo la Biblia de un lado a otro y pensé: soy un ignorante de la palabra de Dios. Ahí me entraron unas ganas tremendas de conocer a Cristo de verdad. Nos casamos dos años después.

El carácter y el corazón también importan más que la apariencia. Cuando Dios envió a Samuel a ungir al futuro rey de Israel, este vio al hijo mayor de Isaí, fuerte y de buena estatura, y pensó: «de cierto, delante de Jehová está su ungido».

«No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre… pero Jehová mira el corazón.» 1 Samuel 16:7

Solemos ser personas superficiales: miramos el continente y no el contenido. Pero el dinero, la carrera o el físico van y vienen — lo que sostiene un matrimonio es que la otra persona ame a Dios y tenga un buen corazón.

5. CASARSE INCLUSO SIENDO POBRE

Dios ordena casarse y tener hijos incluso en medio de la dificultad económica. Esperar a tener «todo resuelto» antes de casarse no es sabiduría bíblica — es, muchas veces, miedo disfrazado de prudencia.

«Casaos, y engendrad hijos e hijas.» Jeremías 29:6

«He aquí, herencia de Jehová son los hijos.» Salmo 127:3

«El que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová.» Proverbios 18:22

Con 24 años, mi padre ni siquiera quería que me casara y no nos ayudó en nada con la boda. Nos casamos en la más pura pobreza: no teníamos ni para el vestido, ni para la ceremonia, ni para el anillo de compromiso. Y sin embargo, ahí donde hallé esposa, hallé el bien — y alcancé la bendición de Dios, tal como lo promete Su palabra. Eso no aplica cuando se vive en fornicación: es imposible que haya bendición sobre un pecado. Pero si te casas bien, ahí va a haber gran bendición.

Los hijos no son un problema económico que hay que posponer indefinidamente: son herencia de Dios. Y el matrimonio no es algo que hay que aplazar hasta alcanzar cierto nivel de estabilidad — es, desde el principio, el plan de Dios para la pareja.

CONCLUSIÓN

El matrimonio según Dios es un regalo, un pacto y una bendición — no un experimento humano ni un contrato desechable. En un mundo que cada vez se casa menos, y donde la convivencia sin compromiso se ha vuelto la norma, la Iglesia debe volver a decir con convicción: «Sí, Señor, nos casamos según tu diseño».

Si estás soltero, examina con qué expectativas te acercas al matrimonio. Si estás casado, examina si tu matrimonio se sostiene como un pacto o simplemente como una convivencia cómoda. Y si has fallado en esta área, hay esperanza: Dios no descarta a quien se arrepiente y vuelve a su diseño.

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