
Hace un tiempo conocí el caso de un estudio científico que siguió a 18.000 personas durante 10 años, entre 2010 y 2018. Los investigadores querían entender las consecuencias de la envidia en la vida de las personas. Lo que descubrieron confirma, siglos después, algo que Dios ya nos había advertido en su Palabra.
Dos tipos de envidia
El estudio distinguió dos formas de envidia. Por un lado, la envidia benévola: aquella que sentimos cuando vemos a alguien progresar o alcanzar algo, y eso nos impulsa a nosotros también a esforzarnos. Por otro lado, la envidia maliciosa: la que aparece cuando vemos que alguien tiene un buen coche, una casa o dinero, y en lugar de alegrarnos pensamos «¿por qué él lo tiene y yo no?».
Los investigadores comprobaron que la mayoría de la envidia que existe en la sociedad no es la benévola, sino la maliciosa. Y quienes mostraban patrones más envidiosos presentaban, años después, mayores índices de enfermedad mental, depresión, pobreza y menos probabilidades de haber prosperado económicamente o de haber conseguido un ascenso.
La ciencia está confirmando lo que la Palabra de Dios ya nos decía desde el principio.
El décimo mandamiento
«No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo».
Éxodo 20:17 (RVR1960)
Este mandamiento no habla solamente de no robar, sino de no desear en el corazón lo que le pertenece a otro. Yo puedo ver a un vecino con un buen coche y reaccionar de dos formas distintas: puedo preguntarme con resentimiento «¿por qué él sí y yo no?», o puedo alegrarme genuinamente y pensar «qué bien que Dios le haya bendecido». La diferencia entre esas dos actitudes es, precisamente, la envidia.
Vivimos en una sociedad de consumo, bombardeada por marcas de ropa, coches y tecnología que compiten constantemente por nuestra atención. Y muchas de esas marcas viven, literalmente, de hacer sentir a la gente un cierto estatus. Pero la Palabra de Dios es clara: no codiciarás nada de tu prójimo, nada.
El negocio de la envidia
Hay un dicho que resume bien el problema: toda comparación es la pérdida de la alegría. Cuando nos comparamos con otros, casi siempre lo hacemos para lamentarnos de lo que nos falta —un sueldo más bajo, un coche peor— y dejamos de ver todas las bendiciones que Dios sí nos ha dado.
Un ejemplo claro de cómo se cultiva esta envidia es una campaña publicitaria de Mercedes-Benz del año 2005, que se llamaba directamente «Envidia». El mensaje era sencillo: comprando ese coche, conseguirías que tu vecino te envidiara. Muchas marcas de lujo han utilizado durante décadas esta misma estrategia: no venden solo un producto, venden el estatus de ser envidiado. Por eso los modelos de coches y de teléfonos cambian cada pocos años, aunque el anterior siga funcionando perfectamente: lo que se vende no es la función, es el estatus.
Desde una perspectiva cristiana, ese tipo de mensaje es abiertamente antibíblico: yo no debería comprar algo para que el vecino sienta envidia de mí.
El amor no tiene envidia
«El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece».
1 Corintios 13:4 (RVR1960)
Este versículo tiene dos caras. La primera: si amo a mi prójimo, no voy a sentir envidia cuando lo vea prosperar; al contrario, me voy a alegrar con él. La segunda, y no menos importante: si soy yo quien tiene el coche, la casa o el reloj, tampoco debo usarlo para jactarme o hacer sentir inferior a otro. Tener cosas buenas no es el problema; usarlas para provocar envidia en el prójimo, sí lo es.
El apóstol Pablo también advirtió a la iglesia de Corinto sobre este pecado dentro de la propia comunidad de fe:
«…que haya entre vosotros contiendas, envidias, iras, divisiones, maledicencias, murmuraciones, soberbias, desórdenes».
2 Corintios 12:20 (RVR1960)
La envidia no se queda fuera de la iglesia: puede colarse también entre hermanos. Y Pablo la incluye, junto con otros pecados graves, entre las obras de la carne en Gálatas 5:19-21, advirtiendo que quienes practican esas cosas no heredarán el reino de Dios.
Pereza y envidia van de la mano
La Escritura relaciona la envidia con otro problema: la pereza.
«El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada».
Proverbios 13:4 (RVR1960)
El perezoso es precisamente el que mira el coche o la casa del vecino y desea tenerlo, sin estar dispuesto al esfuerzo que costó conseguirlo. Proverbios 24 describe el campo de ese hombre lleno de espinos y ortigas, y advierte que su pobreza vendrá «como hombre armado». No nos preguntamos si esa persona que progresó lo hizo trabajando con tres empleos o con años de sacrificio; simplemente sentimos envidia.
Pablo fue igual de directo con la iglesia de Tesalónica:
«Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma».
2 Tesalonicenses 3:10 (RVR1960)
Cuando oramos con envidia en el corazón
El apóstol Santiago explica por qué a veces nuestras oraciones no son escuchadas:
«¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites».
Santiago 4:1-3 (RVR1960)
Vale la pena preguntarse: cuando pido a Dios un mejor trabajo o un mejor sueldo, ¿para qué lo quiero? ¿Para servir a otros y ayudar al necesitado, o simplemente para tener una casa mejor y un coche mejor con el que presumir?
El antídoto: contentamiento
Ni la ciencia ni la Palabra de Dios ofrecen beneficio alguno a la envidia. El estudio mencionado al inicio no encontró ninguna ventaja, ni económica ni emocional, en las personas envidiosas. Y la Escritura es todavía más clara: la envidia es una obra de la carne que impide heredar el reino de Dios.
El antídoto bíblico no es tener más cosas que el vecino, sino aprender a estar contentos con lo que Dios nos ha dado.
«Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto».
1 Timoteo 6:7-8 (RVR1960)
Un día estaremos en la eternidad, donde no habrá coches, relojes de oro ni marcas de lujo. Lo único que permanecerá será lo que hicimos con lo que Dios nos confió aquí en la tierra.
