
Es curioso que en los últimos años hayamos escuchado a hombres de gran éxito, empresarios, deportistas de élite, millonarios que lo tienen prácticamente todo, confesar públicamente su fe en Jesucristo. Hablan de riqueza generacional, de gratitud, de que la riqueza puede ser «ruidosa y silenciosa», de que se puede perder la salud, el dinero y hasta los amigos, pero que una relación con Jesús se conserva para siempre. Uno de ellos llegó a decir: «Se lo contaré al mundo desde la montaña más alta, y es la razón por la que estoy donde estoy hoy».
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Estos testimonios nos hacen una pregunta directa: si alguien que lo tiene todo decide no esconder su fe, ¿por qué nosotros, que muchas veces tenemos mucho menos que perder, sí la escondemos?
LA PROMESA DE JESÚS PARA EL QUE LO CONFIESA
Jesús fue muy claro sobre lo que significa reconocerlo delante de los demás:
“A todo el que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me negare delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.” Mateo 10:32-33
“Todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios; mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.” Lucas 12:8-9
La confesión pública de Cristo no es un detalle menor ni una opción religiosa entre otras. Es la puerta misma de la salvación:
“Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo… Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.” Romanos 10:9-11
EJEMPLOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO: ESCONDER O CONFESAR
La Palabra está llena de personajes que tuvieron que decidir entre esconder o confesar su fe, y las consecuencias fueron muy distintas en cada caso.
Jonás intentó escapar de su llamado y esconderse de la presencia de Dios (Jonás 1:1-3). Una tormenta casi destruye el barco donde huía, y tuvo que confesar públicamente ante los marineros: «Soy hebreo y temo al Señor… porque huyo de la presencia de Jehová» (Jonás 1:9-10). Cuando finalmente confesó y obedeció, Dios usó su testimonio para salvar a toda una ciudad.
Ester escondió inicialmente que era judía (Ester 2:10), pero llegó el momento decisivo. Mardoqueo le dijo:
“Si callas en este tiempo, alivio y liberación vendrá de otro lugar para los judíos; pero tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” Ester 4:14
Ester decidió manifestarse: «Si perezco, que perezca» (Ester 4:16). Y Dios usó su valentía para salvar a todo su pueblo.
Daniel y sus amigos nunca escondieron su devoción a Dios: rechazaron la comida del rey, oraron públicamente tres veces al día incluso cuando estaba prohibido, y no adoraron la imagen de oro. Dios los exaltó, los libró del horno de fuego y del foso de los leones, y los reyes paganos terminaron reconociendo a su Dios (Daniel 2:47; 3:28-29; 6:26-27).
David confesaba sus pecados abiertamente (Salmos 32:5; 51) y atribuía todas sus victorias a Dios delante del pueblo (Salmo 18; Salmo 34:1-3). Cuando danzó «con todas sus fuerzas» delante del arca sin importarle su dignidad real, su esposa Mical lo despreció por ello. La respuesta de David fue contundente: «Delante de Jehová bailaré… y seré más vil que esta vez» (2 Samuel 6:21-22). Quien lo criticó por confesar su fe abiertamente fue quien perdió la bendición.
LA EXALTACIÓN DE CRISTO Y NUESTRA CONFESIÓN
El propio Jesús es el mayor ejemplo de que la humillación y la obediencia terminan en exaltación:
“Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” Filipenses 2:9-11
“Si alguno confesare que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.” 1 Juan 4:15
CONCLUSIÓN
Estos ejemplos, desde Jonás hasta los empresarios que hoy confiesan a Cristo desde sus plataformas de éxito, nos enseñan lo mismo: cuando intentamos esconder nuestro llamado o nuestra fe, Dios permite circunstancias que nos obligan a confesar. Pero al confesar y obedecer públicamente, Dios muestra su misericordia y usa nuestro testimonio para alcanzar a otros.
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