
Juan el Bautista no robó, no mató a nadie ni se levantó en armas contra el rey. Su único «delito» fue predicar la palabra de Dios de forma directa y pedirle a la gente que se arrepintiera de sus pecados. Por eso lo encarcelaron y, en medio de una fiesta de poderosos, pidieron su cabeza en un plato.
Es una historia tremendamente triste, pero también un espejo para nosotros hoy. ¿Escuchamos la Palabra solo «de buena gana», o dejamos que cambie nuestra vida? ¿Predicamos lo que agrada a la gente, o lo que dice la Biblia? En este estudio recorremos la vida y la muerte de Juan el Bautista, la comparamos con la del profeta Jeremías y vemos qué nos enseña Jesús sobre cómo enfrentar el pecado.
¿POR QUÉ MATARON A JUAN EL BAUTISTA?
El relato está en el Evangelio de Marcos. El rey Herodes Antipas se había quedado con Herodías, la mujer de su hermano Felipe, y Juan se lo dijo abiertamente:
«Porque el mismo Herodes había enviado y prendido a Juan, y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado por mujer. Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.» Marcos 6:17-18
Juan no se calló ante el pecado de un rey. Y no era un asunto privado: la imagen que da un gobernante baja después al resto de la sociedad. Cuando reyes, políticos o presidentes viven en pecado, mienten o roban, eso termina calando en todo un pueblo.
Herodías lo veía como un estorbo y deseaba matarlo. Su oportunidad llegó en la fiesta de cumpleaños de Herodes: su hija bailó, agradó al rey y este le juró darle lo que pidiera, hasta la mitad de su reino.
«Entonces ella entró prontamente al rey, y pidió diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista.» Marcos 6:25
El rey se entristeció, porque sabía que Juan era un hombre justo, pero por no quedar mal ante sus invitados mandó decapitarlo en la cárcel (Marcos 6:26-28).
ESCUCHAR DE BUENA GANA NO ES SUFICIENTE
Hay un detalle del texto que nos toca muy de cerca:
«Porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole, se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana.» Marcos 6:20
Herodes escuchaba a Juan con gusto… pero no cambió. Esa misma actitud la tienen hoy muchas personas: simpatizan con el Evangelio, escuchan la Biblia, incluso se identifican como cristianos, saben que están en pecado y que su vida está apartada de Dios, pero no se arrepienten. No es suficiente escuchar. No es suficiente decir «soy cristiano» o «mis padres eran cristianos». El Señor quiere arrepentimiento y una entrega real.
«MÁS QUE PROFETA»
Cuando Jesús habló de Juan, hizo una pregunta muy directa a la multitud:
«¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?» Mateo 11:7
Una caña se dobla hacia donde sople el viento. Así son los predicadores que predican según la moda: hoy un tema, mañana otro. Juan no era así. La palabra de Dios nos habla de pecado, de arrepentimiento, de salvación y de vida eterna, y Juan predicaba eso aunque no estuviera de moda. Por eso Jesús dijo de él:
«Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.» Mateo 11:9
«De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.» Mateo 11:11
Quien dice esto es Jesucristo, que es Dios y conoce el trabajo de todos. Jesús también lo identifica con el Elías que había de venir (Mateo 11:14): igual que Elías denunció al rey Acab y fue perseguido por Jezabel, Juan denunció a Herodes y fue perseguido por Herodías.
HERODES, HERODÍAS Y LA HISTORIA
Estos hechos no solo están en la Biblia. El historiador Flavio Josefo, en Antigüedades judías, confirma que Herodes Antipas estaba casado con una princesa nabatea, hija del rey Aretas IV, en un matrimonio de alianza política. Ella terminó regresando con su padre, y Herodías dejó a su esposo para quedarse con Herodes, que tenía más poder. Había, por tanto, un doble adulterio y un deseo de poder en la raíz del problema. Josefo incluso identifica la fortaleza donde Juan estuvo preso. Juan el Bautista es un personaje real, y su muerte también lo es.
JEREMÍAS: OTRO PROFETA PERSEGUIDO
Unos cinco siglos antes, el profeta Jeremías sufrió algo muy parecido. El pueblo estaba apartado de Dios, y Jeremías predicaba lo que Dios le mandaba, aunque fuera duro:
«¿A quién hablaré y amonestaré, para que oigan? He aquí que sus oídos son incircuncisos, y no pueden escuchar; he aquí que la palabra de Jehová les es cosa vergonzosa, no la aman.» Jeremías 6:10
«Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz.» Jeremías 6:14
Los poderosos no querían esa predicación; preferían un mensaje suave, que dijera «paz, paz» aunque no hubiera paz. Cuando no amamos la palabra de Dios, nos entra por un oído y nos sale por el otro, sea cual sea nuestro pecado. Pero cuando la amamos, es ella la que nos transforma.
Jeremías fue azotado y puesto en el cepo por el sacerdote Pasur (Jeremías 20:2). Después, los sacerdotes y profetas pidieron su muerte:
«En pena de muerte ha incurrido este hombre; porque profetizó contra esta ciudad, como vosotros habéis oído con vuestros oídos.» Jeremías 26:11
¿Se acobardó? No. Siguió llamando al pueblo al arrepentimiento:
«Mejorad ahora vuestros caminos y vuestras obras, y oíd la voz de Jehová vuestro Dios, y se arrepentirá Jehová del mal que ha hablado contra vosotros.» Jeremías 26:13
Finalmente lo echaron en una cisterna llena de lodo para que muriera allí:
«Y en la cisterna no había agua, sino cieno, y se hundió Jeremías en el cieno.» Jeremías 38:6
Pero Dios intervino: Ebed-melec, un etíope de la casa real, intercedió ante el rey y, con treinta hombres, lo sacó de la cisterna (Jeremías 38:7-13). En el caso de Juan, Dios permitió que muriera; en el de Jeremías, hubo un milagro. En ambos casos el Señor fue fiel: quien deja algo por causa del Evangelio recibe mucho más en este tiempo y, en el siglo venidero, la vida eterna (Marcos 10:29-30). Juan el Bautista está con el Señor.
NO PODEMOS SER TIBIOS
Como pastores y como creyentes tenemos una obligación moral de decirle a la sociedad que, si vivimos en adulterio, aborto, fornicación, brujería, robo o mentira, no podemos esperar que Dios nos bendiga. Y si no estamos en contra del pecado, de alguna manera lo estamos apoyando. El Señor lo dice con claridad:
«Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.» Apocalipsis 3:16
¿OPINIÓN O LO QUE DICE LA BIBLIA?
La muerte de Juan fue usada después contra Jesús. Los fariseos buscaban cualquier excusa para detenerlo, y le tendieron una trampa con una pregunta que recordaba el caso de Herodes y Herodías:
«Entonces vinieron a él los fariseos, tentándole y diciéndole: ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?» Mateo 19:3
Si respondía que no era lícito, podía correr la misma suerte que Juan. Jesús no dio una opinión: respondió con la Escritura, citando Génesis 2:24.
«¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.» Mateo 19:4-6
No pudieron con Él, porque no les dio su opinión, sino la palabra de Dios. Esa es una gran enseñanza para nosotros: cuando nos pregunten por el divorcio, la inmoralidad sexual, la brujería o cualquier otro tema, no se trata de «lo que yo opino», sino de «esto es lo que dice la Biblia, y esto es lo que transformó mi vida».
UNA ANTORCHA QUE ARDÍA
¿Por qué la gente escuchaba a Juan? Jesús lo explica:
«Él era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz.» Juan 5:35
Juan daba luz porque llamaba a la gente a cambiar de vida, y lo hacía de forma radical. Hoy abundan las prédicas positivas y los mensajes de prosperidad: «ven a la iglesia y todo te irá bien, tus finanzas se arreglarán». ¿A quién no le gusta escuchar eso? Pero ni Juan ni Jeremías predicaron así. Las bendiciones de Deuteronomio 28 son reales, pero vienen unidas a la obediencia a los mandamientos de Dios. El Señor no puede bendecir una vida que no se ha arrepentido.
«GENERACIÓN DE VÍBORAS»
Así predicaba Juan el Bautista a las multitudes que venían a bautizarse:
«¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego.» Lucas 3:7-9
Palabras muy duras. Y la gente, en lugar de irse, preguntó: «¿Qué haremos?». Juan no respondió con generalidades, sino con casos concretos:
«El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo.» Lucas 3:11
A los publicanos, los recaudadores de impuestos que cobraban de más para quedarse con la diferencia, les dijo:
«No exijáis más de lo que os está ordenado.» Lucas 3:13
Y a los soldados, que podían abusar de su autoridad para extorsionar:
«No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.» Lucas 3:14
Solemos decir «Dios ama al pecador, pero no el pecado», y a veces eso nos sirve para quedarnos en lo general. Pero el pecado no es algo abstracto: lo comete alguien con nombre y apellidos. Cada uno de nosotros tiene que hacer un examen de conciencia, reconocer sus pecados concretos, arrepentirse, bautizarse y seguir a Cristo.
CONCLUSIÓN
La historia de Juan el Bautista nos confronta. Podemos ser como Herodes, que escuchaba con gusto pero no cambiaba; o como Herodías, que, cuando alguien incomodaba su pecado, buscó eliminarlo. Muchas personas reaccionan así todavía: persiguen a quien les recuerda lo que Dios dice. Si alguna vez eres perseguido por predicar el Evangelio, recuerda que no estás solo y que el Señor recompensa a quienes son fieles a su Palabra.
No esperemos a que alguien nos diga «generación de víboras» o que «el hacha está puesta»: ya lo tenemos escrito. El Señor quiere hacer obras maravillosas en nuestra vida y bendecirnos grandemente, pero primero necesitamos arrepentirnos y dejar nuestro pecado. Y también tenemos que hablar con amor, pero con claridad, a quienes tenemos cerca, porque una vida apartada de Dios no puede ir bien.
Si quieres dar ese paso hoy, te invitamos a CONOCE A CRISTO.
